Ábranle a Jesucristo

LA PALABRA EN LA VIDA

15 de febrero de 2015

Marcos 1,40-45

Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Él se compadeció, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio.

Luis María de Montfort

Leyendo este pasaje del evangelio me viene inmediatamente a la memoria un episodio similar de la vida de san Luis María de Montfort. Siempre rodeado de pobres, como era su costumbre, en 1706 Montfort estaba predicando una misión junto con otros misioneros en Dinán, un pueblito del norte de Francia. Al caer de la tarde, cansado después de un intenso día de trabajo, regresa a la casa donde se alojan los misioneros y encuentra tendido en el fango en una calle a un pobre leproso cubierto de úlceras y entumecido de frío en tal medida que no tenía ni fuerzas para pedir ayuda. Montfort se le acercó y, al verlo tan abandonado, lo tomó en hombros y lo llevó a la casa de la misión. Pero era ya tarde y la puerta estaba cerrada. El misionero comenzó entonces a golpear gritando:

– ¡Abran…! ¡Ábranle a Jesucristo!
Y una vez que entró, se apresuró a depositar en su propio lecho al pobre moribundo. Luego, arrodillado sobre el pavimento, pasó el resto de la noche en oración. Y para el leproso esa tal vez fue la última noche de su vida… y la primera del cielo.

Los dos relatos tienen muchas cosas en común: el leproso, la compasión, el contacto, la curación… y sobre todo el deseo, el deseo de vivir por parte del leproso y el deseo de amar por parte de Jesús y de Montfort… Dos deseos profundos que se encuentran y producen una vez más el bendito milagro de la vida.

Es cierto que los avances de la ciencia y de la medicina han hecho que poco a poco la enfermedad deje de tener esas connotaciones mágicas que la ligan a fuerzas ocultas, castigos, maleficios o impurezas… La enfermedad de la lepra en nuestro tiempo es casi una historia del pasado. Pero a pesar de todo hay enfermedades y situaciones dolorosas que aún hoy hacen que los enfermos y los débiles se sientan separados y sean de nuestra sociedad. Seguimos teniendo otras lepras y otros leprosos: los enfermos de SIDA, los ancianos abandonados, los desplazados por causa de la violencia, los habitantes de la calle, los niños y adultos vulnerables abusados, los hombres y mujeres vendidos como esclavos en moderno tráfico de seres humanos… y un larguísimo etcétera que no deja de ser una vergüenza para esta sociedad civilizada y moderna del siglo XXI. Por eso creo que la curación de este leproso del tiempo de Jesús sigue siendo una buena noticia para nosotros en este tiempo. Este relato nos recuerda que aunque enfermo y desfigurado el ser humano guarda en el fondo de sí mismo su identidad como ser espiritual y trascendente. El leproso se acerca a Jesús, se arrodilla, suplica, y le manifiesta abiertamente su deseo de ser purificado. Este deseo es la prueba de que este ser excluido no es un simple organismo con un desequilibrio celular, sino un ser humano que no ha perdido su capacidad de relación y de trascendencia. Ante Jesús el enfermo no encuentra solo la salud del cuerpo, sino también la vitalidad de su espíritu, la fuerza incontenible de su fe que lo hace proclamar lo que Jesús ha hecho por él.

En eso Consiste el Amor

Y si vamos un poco más allá este relato nos recuerda una vez más el deseo de Dios por acercarse al ser humano, a cada uno de nosotros. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo…” (1Jn 4:10). Es decir que el padre Dios nos amó primero, o nos primerió, como diría el papa Francisco.

Ante los leprosos Jesús se llena de compasión. Él escucha, él toca, él cura y reenvía al hombre con firmeza. Y hay que destacar esta última actitud ya que, para estar completamente purificado, es necesario que el leproso se apropie de su propio deseo de estar limpio (un ser humano al derecho) y del deseo de Dios hacia el hombre que Jesús vino a mostrarnos. Este hombre sano es ahora el sujeto de su propia curación y como tal debe responsabilizarse de su vida y de su correspondiente integración a la comunidad. ¡El leproso toma el puesto que tenía Jesús! Y Jesús por su parte obedece la ley de Moisés y se aleja de la multitud, ocupando el puesto que tenía el leproso por fuera de la ciudad… Asume las consecuencias de su actuación y pasa a ser un “impuro”, mirado con desconfianza por parte de los fariseos y la gente religiosa de su tiempo… Pero allí, en la periferia, sigue recibiendo a todos los que vienen a buscarlo.

Bendito intercambio que nos permite ver en los excluidos y desbaratados de todos los tiempos el rostro de Jesús… y en el rostro de Jesús los rostros de los excluidos y los desbaratados de todos los tiempos.
Por eso Montfort, infatigable buscador de Jesús y amigo cercano de los pobres se nos presenta hoy con el leproso en sus brazos diciéndonos con insistencia: ¡Abran! ¡Ábranle a Jesucristo!

Al comenzar esta cuaresma, dediquemos un tiempo a contemplar extasiados la compasión y la firmeza de este Jesús que nos revela el deseo ardiente y amoroso de Dios por acercarse a los hombres, sobre todo a los más débiles… Pidámosle que aumente nuestro deseo de vivir y de acercarnos a él… Como el leproso identifiquemos nuestra debilidad más profunda, nuestra “lepra”. Y busquemos la manera de hacer nuestros sus deseos y sus preferencias… busquemos como Montfort la manera de parecernos a él…

Jaime Oved smm

Fotografía: Abran a Jesucristo. Cerámica elaborada por el padre Sandro María Leidi smm, misionero montfortiano. Casa Natal. Montfort sur Meu. Francia.

Jaime CabrejoÁbranle a Jesucristo
Loading Facebook Comments ...

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *