Desierto y Ciudad

La Palabra en la Vida

22 de febrero de 2015

Marcos 1,12-15
El Espíritu lo empujó al desierto…
… y proclamaba la Buena Nueva de Dios.

Historias

Las historias tienen su propio camino más allá del tiempo, de las fronteras geográficas y de las diferentes lenguas y culturas… Por eso no es raro que un oyente, en cualquier época y en cualquier parte del mundo, se diga para sus adentros: “esta historia yo ya la había escuchado en alguna parte…”. Y es cierto, tal vez ya ha escuchado esa historia antes, porque las buenas historias una vez que logran contar algo profundo del ser humano, alguna realidad fundamental, pasan de boca en boca, de generación a generación, de un país a otros… Se transforman… Toman su propio vuelo y superan las coordenadas del tiempo y del espacio para volverse palabra universal, patrimonio de la humanidad. Tal es el caso de esta pequeña historia que nos habla de la palabra y del silencio.
Después de una larga vida de apacible convivencia los dos esposos ancianos ya no necesitaban hablar mucho para comunicarse sus sentimientos y sus pequeñas necesidades cotidianas. Sin embargo, cuando la anciana dejó de hablarle por una semana a su esposo, éste experimentó una soledad y una amargura realmente insoportables.
Una tarde mientras la abuelita tejía frente a la chimenea, como de costumbre, el anciano comenzó a dar vueltas a su alrededor y a hacer cosas inusuales: abría las ventanas y las volvía a cerrar, sacaba los cajones del clóset y los volvía a meter, miraba debajo del tapete, prendía el televisor y lo volvía a apagar… Hasta que en un momento dado la anciana no pudo contenerse más y le gritó:
– ¿Qué está buscando?
Y el anciano con los ojos bien abiertos y una gran sonrisa en sus labios exclamó:
– ¡Gracias a Dios! ¡Ya encontré lo que estaba buscando!

Buscadores de la Palabra

Como el anciano de la historia, buscadores de la palabra somos todos los seres humanos. Por eso nos gustan las historias. Pero no nos llena cualquier tipo de historia, sino aquella que nos dice algo, que tiene algo que ver con nuestra realidad, que toca nuestra vida y nos produce algún sentido… Mejor dicho, buscamos una palabra con mayúscula: la Palabra. Nunca como en esta época nuestro mundo ha estado tan lleno de palabras. La televisión, la radio, el cine, la música, el internet, las redes sociales… nos saturan de palabras noche y día. Palabras que se mezclan con imágenes y ruidos y se vuelven un torrente desbordante y ensordecedor que muchas veces no nos deja escucharnos unos a otros ni siquiera cuando estamos cerca. ¿No es acaso común la escena de la familia en la mesa cada uno con su plato al frente, los oídos tapados con audífonos y los dedos tecleando desesperadamente en el Smartphone para chatear con un “amigo” invisible y lejano? Palabras, palabras, palabras… y poca Palabra. Pocas personas llegan a tener una vida interior profunda. Incluso nuestros actos de culto a veces están más llenos de palabras que de Palabra. Actos religiosos que pocas veces conectan con una auténtica experiencia de crecimiento espiritual.
El Evangelio de Marcos nos presenta de manera muy escueta a Jesús después del bautismo en dos lugares muy diferentes y en dos situaciones muy diversas. Es empujado por el Espíritu al desierto donde permanece cuarenta días y luego se va a Galilea a anunciar el Reino de Dios. El desierto y Galilea. Dos lugares vecinos y muy diferentes el uno del otro. El desierto es seco, estéril, desolado, peligroso… y las tierras de Galilea son fértiles, pobladas de gente, un oasis verde alrededor del lago. Silencio y predicación. Vida oculta y vida pública. Nazaret y Jerusalén. Palabra y palabras. Jesús conjuga maravillosamente estas dos realidades de todo ser humano.
El desierto representaba para Israel el lugar de paso en el que durante cuarenta años, conducido por el Espíritu, el pueblo peregrino se puso a prueba, se encontró con su propia debilidad y allí descubrió a Yahvé, el Dios cariñoso con los hombres, que libera a los esclavos, los organiza como pueblo y los lleva con amor a la tierra prometida.

El Desierto

Ese mismo Espíritu es el que empuja también a Jesús a caminar por el desierto. Y Jesús se deja conducir dócilmente. Allí volverá a escuchar en el silencio desnudo y prolongado la voz del Padre que le había dicho: “Tú eres mi hijo muy amado”. Pero allí también escuchará la voz de Satanás el tentador que dulcemente intentará convencerlo de seguir otro camino. Dos voces en conflicto, dos proyectos de vida en franca contradicción. ¿Cuál seguirá Jesús? El texto de Marcos nos dice que los animales del campo y los ángeles le servían. Lo que nos hace pensar que finalmente Jesús pudo equilibrar en su corazón la bestia y el ángel que todos llevamos dentro.
Pero Jesús, como el pueblo de Israel, no se quedó en el desierto. Se marchó a Galilea a proclamar la Buena Nueva del Reino de Dios. La palabra de fuego que escuchó Moisés y que escucharon todos los grandes profetas en el desierto ahora quema por dentro las entrañas de Jesús. No puede contener el torrente de amor y de vida que llena su corazón a desbordar. Es un hijo muy amado del Padre que quiere que todos los hombres también lo sean. Jesús anuncia lo que vive. Sus palabras expresan la Palabra. El evangelista Juan llegará incluso a decir que todo lo que el Padre quería comunicar a la humanidad nos lo dijo en Jesús, porque él es la Palabra misma hecha carne.
¿Y nosotros qué? La Iglesia nos regala este tiempo de Cuaresma para vivir la misma experiencia de Jesús. Desierto y Galilea. Silencio y anuncio. Palabra y palabras. Dejemos que el Señor nos invite a ir con él al desierto. Te propongo dos cosas concretas para esta semana:

  • Organizar tu propio “desierto. Un lugar tranquilo y solitario al que te pueda retirar cada día unos minutos para estar en silencio, sin aparatos electrónicos encendidos. Puede ser un cuarto de la casa, un oratorio, una iglesia, una montaña, un rinconcito… Y pasar allí unos minutos cada día, ojalá en el mismo horario, en silencio, meditando, orando, escuchándote… escuchando la Palabra.
  • Comunicar a otros lo vivido. Cuéntales a otros la pequeña o grande experiencia que vas teniendo del Reino de Dios en ti. Deja que tus palabras solo expresen lo que has vivido.

Hasta pronto.

Jaime Oved smm

Fotografía: Camino, en la finca Tabatinga (Vichada). Llanos orientales de Colombia.

Jaime CabrejoDesierto y Ciudad
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