El Lugar de tu Alegría

Pensar en lugares para estar alegre nos remite al hogar, la casa, el apartamento, el sitio de las vacaciones… en fin, locaciones geográficas que nos remitan a sensaciones tranquilas y placenteras.

Sin embargo, hay un lugar común a todos los lugares geográficos, hay un espacio que ocupas donde sea que te desplaces o en el que permanezcas: el espacio de tu cuerpo.  Este es tu lugar, tu espacio en el mundo, el escenario donde toda tu vida se presenta, el rol profundo que interpretas recurrentemente.  Antiguas tradiciones espirituales sentencian: “yo no soy el cuerpo”, y tienen toda la razón nadie es sólo cuerpo, ni “carne” como dicen otros.  Más aún, algunas religiones consideran al cuerpo como el principio de todas las tentaciones y extravíos sensuales, pecaminosos y condenatorios.

Si bien, “no soy el cuerpo” o no soy sólo cuerpo, esta dimensión física es muy importante.  El cuerpo es el principio comunicativo en el mundo, es un atisbo inicial de mi identidad diferenciadora y el vehículo que me da la posibilidad de cumplir mi misión en el mundo.  No soy una energía maleable y caprichosa que pueda cambiar su apariencia a cada segundo simplemente al arbitrio de mi mente o de una mente superior que juega en el escenario del mundo.  No, es una construcción personal que representa externamente lo que soy internamente.  Es una “máscara” (del griego prosopon se deriva la palabra “persona”) que no solo cubre mi rostro, sino que abarca todo mi ser y manifiesta, externaliza aquello que permanece oculto en mis propias profundidades inconscientes donde todo se gesta.

Soy responsable del cuerpo que habito.  IMG_2002

Es decir que esta manifestación física, esta representación social, este lugar que ocupo en el espacio, revela al ser que lo habita.  Por ello, no tengo un cuerpo del que me separe irresponsablemente, soy este cuerpo que me he forjado.  Y claro, soy más que mi cuerpo, no puedo “morir en la carne”, lo sobrepaso, lo trasciendo.  Sólo que para ello, para ir más allá de la realidad física, he de aceptarla, acogerla, amarla, consentirla y habitarla realmente.

¿Habitar el cuerpo? ¿es posible no hacerlo? Si, es posible no habitar el cuerpo, no estar ahí, permanecer ausente.  Es posible estar en “otros mundos” creados por el pensamiento, en otros momentos re-creados por la emoción.  Es posible no sentir, no estar, no vivir, no experimentar en el cuerpo.  Hay quienes deciden “no sentir para no sufrir” y hasta lo logran, sólo que con ello se van muchas cosas bellas de la vida, opciones de gozo presente y alegría de vivir hoy.  No se trasciende el cuerpo negándolo, desvalorizándolo, descuidándolo.  Se trasciende por el reconocimiento, la acogida y el amor.  Por ello, decide habitar tu cuerpo, acógelo, conócelo, vívelo, trasciéndelo.

Hazlo, no basta con saberlo:
  • Obsérvate, conócete, experiméntate, establece una relación contigo mismo (a).  Nada raro, sólo sé amigo, amiga de ti.  Recorre, palpa, siente tu cuerpo y date la oportunidad de habitarlo, de experimentar tu propia acogida y presencia.
  • Observa sus procesos inconscientes.  Sin intentar alterar nada, sólo observa tu respiración, tu fuerza, tus tensiones, sensaciones y procesos.  Toma momentos para estar quieto, quieta… y observa, contempla, acoge amorosamente.
  • Silencia tu mente, tus pensamientos, tus recuerdos.  Sólo experimenta la vida que trascurre por tu cuerpo.  Déjalo ser, sólo siente, habita, mantén la presencia.

Estos sencillos ejercicios practicados diariamente pueden ser la puerta de entrada a un nuevo nivel de conciencia.  No se trata de quedarse allí, no tienes que identificarte con tu cuerpo.  Sólo sé consciente, reconoce, ama, experimenta.  Notarás mayor presencia, mayor agrado, estarás más alerta.  Y por allí, hallarás nuevas puertas, nuevos senderos, opciones que te llevarán más profundamente.  Mereces más que estar prisionero o prisionera del cráneo, de la cárcel de los pensamientos.  Emprende el viaje aquí, en tu realidad más burda, más evidente, empieza en tu cuerpo.  Ocupa, habita, permanece en el lugar donde se hace realidad tu alegría.

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