¿Es Usted Jesús?

HOMILÍA DEL DOMINGO 1 DE FEBRERO DE 2015

Marcos 1,21-28

… un hombre poseído por un espíritu inmundo, gritó: “Sé quién eres: ¡el Consagrado de Dios”!

Un grupo de vendedores fue a una convención de ventas. Todos le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron retrasados al aeropuerto. Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos. De repente, y sin quererlo, uno de los vendedores tropezó con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes. Sin detenerse, ni voltear para atrás, los vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión… Todos menos uno. Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de compasión por la niña que estaba al frente del puesto de manzanas.

Le dijo a sus amigos que siguieran y le pidió a uno de ellos que al llegar llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde. Luego se regresó a la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que el dueño del puesto estaba echando la culpa a una niña ciega que en aquél momento había quedado plantada delante. La encontró llorando, con enormes lágrimas en sus mejillas. Ella tanteaba, tratando, en vano, de recoger las manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; ni importarle su desdicha. El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas, las metió a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña: “Toma por favor estos veinte dólares por el daño que hicimos. ¿Estás bien?”

Ella, dejando de llorar, asintió con la cabeza. El continuó diciéndole, “Espero no haber arruinado tu día”. Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le grito: “Señor…”. Él se detuvo y volteó a mirar esos ojos ciegos. Ella continuó: ¿Es usted Jesús…? Él se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa pregunta quemándole y vibrando en su alma: “¿Es usted Jesús?”

¿Nos Parecemos?

Después del relato, habría que preguntarnos: ¿Qué fue lo que percibió la niña ciega en este hombre para hacerle semejante pregunta? Y a mí, ¿la gente me confunde con Jesús? Porque ese es nuestro destino, ¿no es así? Parecernos tanto a Jesús, que la gente no pueda distinguir la diferencia.

Si decimos que conocemos a Jesús, deberíamos vivir y actuar como lo haría Él. Conocerlo es mucho más que citar los Evangelios e ir a la iglesia. Es, en realidad, vivir su palabra cada día.

En el evangelio que leemos hoy encontramos el episodio de Jesús que expulsa un “espíritu inmundo”, es decir, que cura un endemoniado. Y lo primero que llama la atención es que el “espíritu inmundo” reconoce de inmediato a Jesús como el consagrado de Dios, sabe quién es Jesús y lo grita sin miedo para que lo oigan todos. Y este hecho curioso se repite casi en todos los relatos de este tipo de curaciones que encontramos en los evangelios. Los endemoniados son los primeros en reconocer y proclamar a Jesús como hijo de Dios, es decir, como Dios mismo. ¡Una verdadera confesión de fe! Y esto contrasta con la tardanza y la dureza de corazón de los apóstoles y de los más cercanos a Jesús para llegar a reconocer y proclamar eso mismo… Nosotros mismos, ¡cuánto tiempo tardamos en llegar a sentir y aceptar a Jesús como Señor y Salvador! ¿Por qué?

En primer lugar, es bueno saber que los antiguos, la gente del tiempo de Jesús, veían en muchos desórdenes físicos y mentales del hombre un influjo de espíritus malos. No se había desarrollado todavía la psicología y menos aún la psiquiatría. Así que todo síntoma extraño y desconocido era considerado obra del demonio o de fuerzas malignas. Por eso encontramos tantos endemoniados en los relatos de los evangelios. En realidad se trataba de gente pobre agobiada por problemas que hoy conocemos bien como problemas mentales o sicológicos: epilepsia, síndrome de Down, personalidad bipolar, esquizofrenia… y un largo etcétera que llegaba incluso a considerar a los sordomudos como poseídos por un demonio que les amarraba la lengua y les tapaba los oídos por dentro. Tal vez nos parezca entraño y hasta risible, pero se trataba de una mentalidad mágica que atribuía todo lo extraño e inexplicable a espíritus y cosas sobrenaturales… ¿Será que ese tipo de mentalidad es solo del pasado?

Salvo algunos casos considerados por los estudiosos como verdaderas posesiones diabólicas, los endemoniados de los que hablan los evangelios son lo que hoy podríamos llamar unos “pobre diablos”: gente marginada, enferma, rechazada por la sociedad y -como si fuera poco- impura, peligrosa y rechazada por Dios y por sus representantes. Incluso estaban por debajo de los leprosos. Eran los últimos de los últimos. Y éstos son precisamente los primeros a los que se acerca Jesús. Para él no se trata de demonios, sino de seres humanos deshumanizados. No les tiene miedo sino compasión. No los rechaza sino que los acoge y los ama. Jesús los libera de su enfermedad y los reincorpora a la sociedad y a la sinagoga. Les devuelve su dignidad de seres humanos y de hijos de Dios. Y claro, son ellos los primeros en reconocerlo como Dios. Jesús sabe quiénes son ellos y ellos saben quién es Jesús. Amor con amor se paga. Los últimos resultan ser los primeros.

En la historia de Iglesia ha habido muchos hombres y mujeres que han hecho lo mismo que Jesús. Pensemos en San Luis María de Montfort, el loco del evangelio, en una calle oscura de la Francia del siglo XVIII con un leproso medio muerto en sus brazos gritando: “¡abran a Jesucristo!” o en la madre Teresa recogiendo las migajas agonizantes de seres humanos en las calles de Calcuta.

Y nosotros, ¿conocemos algún “pobre diablo” al que podamos acercarnos? ¿Podría alguien hacernos la misma pregunta de la niña ciega: Es usted Jesús”?

Jaime Oved smm

Jaime Cabrejo¿Es Usted Jesús?
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