Montaña y Mística

La Palabra en la Vida

01 de marzo de 2015

Marcos 9,2-10

Se los llevó aparte a una montaña elevada y delante de ellos se transfiguró…

 

¿Fue ayer o hace veinte años?… ¿Me sucedió en Paipa, o fue en el Vichada, o quizás en Roma?… ¿Estaba despierto o fue un sueño?… La respuesta poco importa cuando lo que he vivido supera el tiempo y el espacio. Era media tarde, estaba en mi habitación y meditaba acerca del amor infinito de Dios… No sé cómo sucedió… Lo cierto es que en un momento dado me sentí muerto, pero al mismo tiempo vivo. Estaba ahí mismo y al mismo tiempo veía desde lejos mi cuerpo y todo lo que me rodeaba. Me sentí cobijado por una luz cálida y resplandeciente… y me embargaba una alegría tan desbordante y tan hermosa que sentía todas mis células a punto de estallar, como en juegos pirotécnicos. Era real… Yo lo sentía, yo lo vivía con todos mis cinco sentidos más despiertos que nunca… No era un sueño… No… Era real… Más real que cualquier otra cosa. Y estando así y allí en ese “lugar”, una certeza profunda, indudable, me decía que yo estaba en el cielo… que había llegado a la meta deseada, que ya no había más espera… que justo allí terminaban todas mis búsquedas, todas mis ansias, todos mis intentos, todos mis caminos e incluso todas mis equivocaciones… Sí, esto era el cielo. ¿Qué más podría ser?… Y desde este punto de observación privilegiado pude ahora voltear la mirada y contemplar todo el camino de mi vida, todos mis años, todos mis pasos, todos los lugares recorridos, toda esta red de relaciones que he venido tejiendo con tanta gente, mis amigos, mi familia, mis compañeros de camino… todos… todo… Y sin darme cuenta la sensación cambió… ahora era de inadecuación. Todo era limpio… todo era hermoso… Pero algo no cuadraba. Me sentía tremendamente mal… Claro, era yo el que no debía estar allí, en el cielo, al menos no todavía… Comprendí -sin entender- que aún me faltaba mucho camino por recorrer… que mi vida toda, aunque bonita, no daba la talla para llegar al destino final, que soy inmaduro… que estoy biche… Y me sorprendí de pie, en medio de mi habitación, con los brazos abiertos, mi mente completamente lúcida, mis ojos bañados en lágrimas y en mis labios una súplica intensa: ¡Todavía no, Señor! ¡Todavía no! ¡Por favor, dame más tiempo!

Pocos días después mi acompañante espiritual me ayudaría a comprender que aquello que viví –sin pretenderlo- fue una auténtica experiencia mística.

La clave mística

No busco con esto mostrarme como el más santo o como un modelo para otros. No. Cada uno debe recorrer su propio camino. Simplemente quiero ofrecer desde mi experiencia una clave de lectura para el texto de la transfiguración. La clave mística. Y comencemos diciendo que todo ser humano, rico o pobre, como sea, cuando hace un camino autentico de búsqueda de Dios llega a tener durante su vida alguna experiencia de encuentro directo con el Misterio de Dios. Eso es la mística. La experiencia directa de la divinidad. Pero no todas las experiencias místicas son auténticas. Hay algunas que son puros fenómenos sicológicos o producidas por agentes externos que nada tienen que ver con el camino de la fe. Lo mejor es dejarnos guiar por la misma Palabra de Dios. Lo que Marcos nos presenta de manera simple es justamente eso, una auténtica experiencia mística que vivieron los tres apóstoles más cercanos a Jesús. Tratemos de sacar los elementos principales.

  1. Disposición. Los que viven esta experiencia son los discípulos más cercanos a Jesús, los que han hecho el camino con él desde el principio, los que lo acompañan en los momentos más especiales de su ministerio. Están siempre al lado del Maestro disponibles para lo que sea. Son los “tres mosqueteros”: Pedro, Santiago y Juan. La experiencia mística se da en un ambiente de fe, de seguimiento de Jesús en comunidad. Digamos que el punto de partida es siempre un ambiente de familiaridad con el Señor.
  2. Iniciativa divina. Jesús los toma consigo, se los lleva aparte. Ellos están dispuestos, pero él es quien toma siempre la iniciativa. Pura generosidad y misericordia de Dios para con sus criaturas. Cuando lo buscamos a él nos damos cuenta que él nos estaba buscando desde hacía mucho tiempo.
  3. Elevación, trascendencia. Suben a la montaña, lugar simbólico de la manifestación de Dios. Una auténtica experiencia mística nos lleva siempre más arriba, nos hace trascendentes, nos hace mejores personas, nos eleva de nuestra miseria y nos hace experimentar gratuitamente y en directo la hermosura y el amor infinito de Dios. Escapamos por un momento a la cuadrícula del aquí y del ahora para experimentar la eternidad, sin ayer, ni hoy ni mañana, ni aquí, ni allá… sin límites.
  4. Iluminación. Jesús se transfigura ante sus discípulos. La palabra griega que usa Marcos es “metamorfosis”, que quiere decir transformación completa, total. Y lo que perciben los discípulos es algo extraordinariamente hermoso. Lo ven transformado en luz… limpio… transparente… divino… como él es: ¡el hijo de Dios! Por fin sus ojos de pescadores rudos son capaces de ver -al menos por un momento, y de manera limpia- en el rostro del carpintero de Nazaret el rostro bendito de Dios. Y como buenos israelitas lo contemplan dialogando con Elías y Moisés, es decir, en perfecta armonía con la fe que recibieron. Tienen una experiencia directa de la divinidad a través de la humanidad de Jesús. Y se trata del mismo Dios de sus padres, el que apenas conocían desde lejos, en eso no hay peligro de equivocarse.
  5. Claridad de conciencia. Los apóstoles estaban bien despiertos y conscientes de lo que estaban viviendo. Tienen los sentidos despiertos porque ven, oyen y sienten. Pedro incluso llega a exteriorizar que se siente muy bien. Pero también nos dice Marcos que estaban llenos de miedo, que no sabían qué pensar y que se hacían preguntas. Fue una experiencia tan fuerte, que mucho tiempo después la recordarán vivamente y darán testimonio de lo que vivieron. “Lo que hemos visto y oído, lo que nuestras manos tocaron… es lo que les anunciamos…” 1Juan 1,1. “Esa voz llegada del cielo la oímos nosotros cuando estábamos con él en la montaña santa…” 2Pedro 1,16-18.
  6. Jesús en el centro. El Padre Dios les habla de viva voz para presentarles a Jesús como su Hijo amado y los invita a escucharlo. Al final queda Jesús solo con ellos… y continuará con ellos –y con nosotros- siempre, todos los días “hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Recordemos que nuestro camino de fe como cristianos comienza y termina en Jesús. Él es el único todo, como dice Montfort (VD 61)
  7. Descenso, bajar de la montaña. La experiencia mística es momentánea y transitoria. No es para quedarse todo el tiempo en la montaña. El Señor baja con ellos para encontrarse con la gente necesitada. Y nosotros también bajamos de lo alto para afrontar con una luz nueva los desafíos de siempre, los de todos los días. Nada ha cambiado y en realidad todo ha cambiado, porque nuestros ojos han visto la luz “que nace de lo alto” y un poquito de su brillo se ha quedado allí en nuestros ojos y en nuestro corazón.
  8. Discreción, secreto. Jesús les pide que no cuenten a nadie lo que han visto hasta que vivan la experiencia de la resurrección. Es lo que los estudiosos llaman “el secreto mesiánico”. Y es claro, quién les va entender… y cómo van a afrontar ellos el rechazo a veces violento de los “hijos de las tinieblas”… La experiencia mística como toda autentica experiencia espiritual es intransferible. Por eso se mantiene en secreto, como un valioso tesoro que no se muestra a todos. Solo la gente que ha hecho camino, la que ha avanzado espiritualmente es capaz de entender estas cosas. Lo que podemos hacer nosotros es dar testimonio de lo que vivimos, hablar de lo que hemos experimentado e invitar a los otros a hacer su propio camino, disponiéndose a subir a la montaña con Jesús.
  9. Acompañamiento espiritual. Dice el la narración al final que los discípulos hablaban entre ellos de lo que significaba resucitar de entre los muertos. No se quedaron callados, se ayudaron unos a otros para entender mejor lo que habían vivido. Eso es muy importante también para nosotros. Para equivocarse menos es necesario compartir con otros hermanos en comunidad y confrontar siempre nuestras experiencias con buen acompañante espiritual. Él nos ayudará a discernir qué es lo auténtico y qué no lo es.

Subamos con Jesús a la montaña…

Jaime Oved smm

Ever VegaMontaña y Mística
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