Rituales Personales

Todos tenemos ciertos hábitos a los que damos mayor importancia que a los demás. Desde costumbres interiorizadas de aseo, comunicación familiar, establecimiento de relaciones, contacto con amigos, rutinas laborales… en fin, huellas de nuestros procesos de aprendizaje que subrayó momentos específicos del mismo.

En el ámbito espiritual es igual. Vamos interiorizando aprendizajes y nos vamos quedando con lo que alcanzó en nosotros el estatus de hábito. De niños nos llevan a reuniones, nos enseñan a orar, a experimentar respeto reverencial por ciertos lugares, personas y cosas, nos explican textos, ritos y cultos de diversa índole. Frecuentemente nos inician en alguna tradición religiosa, nos invitan al compromiso, al aporte y a la implicación vital con esa tradición y sus enseñanzas. De jóvenes podemos empezar a alejarnos o comprometernos más aún en grupos, acciones sociales y ministerios. Y luego… sólo aquello que ha alcanzado un estatus de poder, que se ha introyectado en la costumbre y se ha convertido en hábito personal puede sobrevivir por un tiempo sin ser cultivado. Empezamos a darnos cuenta que cambiamos, que ya no pensamos como antes. Todo es diferente:

  • Nos damos cuenta que la doctrina que nos enseñaron no tiene traducción a nuestra vida concreta, puede ser cierta y no nos atrevemos a negarla, sólo que ya no da sentido a nuestras búsquedas y luchas del día a día. Son edificios vacíos que a la manera de catedrales nocturnas sólo nos alimentan cuando las visitamos en silencio.
  • Las personas que antes miramos con reverencia, sólo nos inspiran una cierta sospecha. No es acerca de su propia valía como personas, es acerca de su sinceridad con las causas que promueven, de su nivel de profundidad en relación con el misterio que enseñan.
  • Las prácticas, los cultos, las celebraciones rituales sobreviven en el vehículo de la cultura y a fuerza de ciclos, rutinas y costumbres. Ya no deslumbra, no alimenta, no fascina ni invita a unirse al misterio que celebra. Sólo suele ser un punto de la fiesta, una palanca cultural o un masificador de opiniones y conciencias.

Al final, ¿qué queda? nada. Quedamos con las manos vacías. Nada ha venido a ocupar el lugar que antes tenían estas luces que nos invitaban al crecimiento, la integralidad y la conciencia. Una supuesta lucha de emancipación racional nos dejó ante la realidad desnuda y desnudos ante ella. Nos convenció de su frigidez racional, sus perfectas líneas geométricas y su certeza matemática, y consentimos en dejar de lado los ritos, los símbolos, las metáforas y los grandes relatos que ofrecían significado a nuestra existencia.

La invitación no es volver a creer en lo que dejamos ni ser fiel a ritos que ya no significan. El gran reto es construir sentido sin someternos a razones prestadas, sin permitir que la vida pase sin ser celebrada, acogida, cultivada y re-significada. Construir rituales propios que nos llenen de sentido. Momentos de intensidad significativa cultivada en la familia, el trabajo y los amigos.

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Te propongo empezar con eventos simples, llenarlos de sentido y vivirlos intensamente. Momentos ordinarios que puedas vivir con una intensidad significativa extraordinaria. Veamos:

  • Proyéctate al amanecer. Tienes tantas habilidades y talentos que aún no conoces. Los intuyes, los presientes, aunque no has tenido la oportunidad de ponerlos en marcha. Al amanecer sé consciente de UN talento, uno solo, uno que sabes que tienes y no has probado. Luego imagina cómo ponerlo en marcha, en qué escenario, con quién, de qué manera. Imagina, recrea, proyecta… y sal de tu casa para ponerlo en acción. Hazlo, notarás el incremento de tu recursos internos y tu seguridad personal.
  • Un almuerzo en familia. Sin celulares, sin televisión, sin distractores. Un momento de compartir, dialogar y actualizar las historias personales recientes. Promueve este ritual diario, semanal o quincenalmente, verás cómo tu familia crece llenándose de amor y felicidad.
  • Al final de día, agradece. Recuerda tres eventos dignos de agradecer. Y hazlo, agradece. Párate en la ventana, sonríe, respira profundo, abre tus brazos y grita: ¡Gracias! Es todo, hazlo todos los días, verás que cada vez es más fácil, más satisfactorio y abundante.

Evita contentarte con criticar los caminos espirituales o religiosos que otros recorren. Encuentra el sentido que vives diariamente, recorre tus propios caminos, dirige tus pasos para hallar la plenitud que tu vida merece. Construye tus propios momentos de intensidad significativa y traza la ruta que te guía hacia aquello que quieres.

Crea tus momentos, se fiel a ellos; constrúyelos con amor, pasión y entrega. Conviértelos en hábitos de sentido, en momentos de comprensión profunda de ti, de tu vida y de aquellos con quienes construyes tu sendero.

Ever VegaRituales Personales
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